“Fuera Dilma”, “Fuera Lula” y “Fuera PT”. Las tres frases, replicadas en cánticos y consignas por cientos de miles de personas que el domingo tomaron las calles de más de 200 ciudades de todo Brasil, sintetizan el divorcio entre una buena parte de la población y la presidenta Dilma Rousseff, su antecesor Luiz Inacio Lula da Silva y el gobernante Partido de los Trabajadores (PT). Los pilares de la convocatoria a las protestas fueron la aguda crisis económica y el colosal escándalo de corrupción en Petrobras, en el que están involucrados grandes empresarios y decenas de políticos. Sin embargo, ni el ministro de Hacienda, Joaquim Levy, ni políticos que ya fueron acusados de participar en los fraudes en la petrolera estatal, fueron citados o insultados, como la presidenta y su “padrino” político. No fue mencionado por los manifestantes el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, del centrista Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), el principal aliado del gobierno, aunque también responsable por las grandes derrotas del Ejecutivo en el Congreso. Acusado por un empresario preso de recibir millonarios sobornos para facilitar negocios con Petrobras, Cunha no fue atacado en las marchas, porque, según dijeron los grupos que organizaron los actos, “el foco” es la destitución de la presidenta.
“Foco en Lula y Dilma en los actos preocupa al Planalto (Presidencia)”, sintetizó en su editorial del diario “Folha de Sao Paulo”. El rotativo sostiene que si bien el gobierno “respiró aliviado” al constatar que las manifestaciones del domingo no superaron en número de participantes a la realizada en marzo, “preocupa el hecho de que la movilización sigue fuerte y se ha enfocado en las figuras de la presidenta Dilma, de Lula y el PT”.
Asesores del gobierno dijeron que la mayor preocupación es que estallen nuevas denuncias vinculadas al caso Petrobras, que le de “más gas a los ataques directos contra los principales líderes del partido”, específicamente, Rousseff y Lula. El PT ya tiene, de hecho, importantes referentes encarcelados por el escándalo en Petrobras, como lo son el ex tesorero Joao Vaccari Neto y uno de los más emblemáticos dirigentes del partido, José Dirceu, el ex “hombre fuerte” durante el gobierno de Lula.
El rechazo al “trío” Rousseff-Lula-PT fue ofensivo. Epítetos como “ladrones”, “canallas”, “bandidos” y “corruptos”, y deseos de que vayan a la cárcel fueron solo parte de lo que se leyó y escuchó durante las protestas, que arrastraron a las calles entre 890.000 y dos millones de personas, según cálculos de la policía y los organizadores, respectivamente. Llamaron la atención, por ejemplo, un gigantesco muñeco inflable con el rostro de Lula, vestido de presidiario, que sobresalió en el acto realizado en Brasilia, y marionetas enormes, con los rostros de Rousseff y Lula vestidos como los “Chicos Malos”, de Disney, escondiendo dinero en la espalda, que se vieron en la Avenida Paulista, en Sao Paulo.
Esta es la primera vez que Lula es tratado como ladrón, de manera expresa, por cientos de miles de personas. El carismático ex dirigente sindical salió incólume del escándalo de compra de votos de legisladores comandado por el PT, que sacudió a su primer gobierno.
“O Globo” y “O Estado de Sao Paulo” afirman que en vista de que las protestas no superaron a las anteriores, el mayor dolor de cabeza para el oficialismo es que las denuncias de corrupción se hayan “pegado” a la imagen de Rousseff y Lula. El ex mandatario, era hasta hace poco el único dirigente del PT cuyo nombre podría ser competitivo en las elecciones de 2018. Pero las denuncias de corrupción minaron la imagen de honestidad que destilaban el partido y su fundador, y al día de hoy, junto con Rousseff, se encuentran en un proceso acelerado de divorcio con el país. Un divorcio en muy malos términos.